
Por Yesenia Balza
No hay escasez de alimentos sino un severo racionamiento de humanidad. Cada noche, mientras millones de personas se acuestan con hambre, toneladas de alimentos perfectamente comestibles terminan en la basura y no es por error ni por descuido sino porque el sistema ha construido escrupulosamente este diseño.
El modelo alimentario global produce suficiente comida para alimentar a toda la población mundial. Aún así, más de mil millones de toneladas de alimentos se desperdician cada año. No desaparecen, se botan, se destruyen, se anulan. El hambre no es una falla del sistema sino una consecuencia aceptada.
Restaurantes, cadenas de comida rápida, hoteles y servicios de catering forman parte central de este engranaje. La comida se bota no porque esté dañada sino porque no fue vendida a tiempo. Una hamburguesa fría pierde más valor que una vida con hambre.
Un solo restaurante puede desechar entre 11 y 34 toneladas de comida al año, lo que equivale a decenas de miles de dólares lanzados al basurero. Al multiplicarse esa cantidad por cientos de locales, se podrá entender que no se trata de sobras sino de una industria destinada también para el desperdicio.
Hay algo todavía más obsceno. En muchos casos la comida es destruida a propósito. Se rompe, se aplasta y se le contamina antes de botarla para impedir que alguien la rescate. No es por salud pública, es por control.
Donar comida implica logística, responsabilidad y, sobre todo, admitir una verdad incómoda: que la comida no es tan frágil como dice la publicidad, y que alimentar sin cobrar podría romper el relato del negocio. Por eso es más fácil botar que compartir. Donar es un riesgo, destruir es política interna. De esta manera, el sistema protege marcas, no personas.
En países golpeados por crisis económicas y sociales, el contraste es brutal. Hay hambre cotidiana que convive con desperdicio estructural pero sin cifras oficiales claras. El silencio estadístico es cómplice del modelo.
Hay pan de sobra pero la ética está vencida. Se habla de responsabilidad social mientras se sellan bolsas negras llenas de arroz, carne, frutas, verduras… El marketing alimenta la imagen y la basura se traga la verdad.
Este desperdicio no solo es inmoral, es ambientalmente criminal. La comida que se tira genera cerca del 10 % de las emisiones globales de gases de efecto invernadero. Botar comida también calienta el planeta aunque se haga con guantes limpios.
La comida alcanza para todos pero la compasión no. Cuando la compasión falta, el hambre deja de ser una tragedia y se convierte en un costo asumible. No hay escasez de alimentos sino abundancia de indiferencia organizada. Se produce para vender, no para alimentar; se destruye la comida para proteger el negocio, no para proteger vidas.
El problema no es técnico ni logístico, sino ético. Cada día, el sistema decide quién merece comer y quién puede esperar o desaparecer de la estadística.
La comida no falta. Falta humanidad para repartirla. Y mientras botar sea más barato, más rápido y legal que compartir, el hambre seguirá siendo parte del modelo. Cada alimento que termina en la basura es una confesión muda del sistema: podemos alimentar pero es más rentable destruir.
